Escondido tras la puerta del salón

Lunes, diez de la noche. Un beso de mi madre hace que comprenda que ya debería de haberme metido en la cama. Es hora de dormir. Cierro los ojos. Como cada lunes, una inquietante música, que me pone los pelos como escarpias, se cuela dentro de mi tímpano, y me arrebata el sueño de una bofetada. Como cada lunes a esa hora, pero unos quince minutos más tarde, vuelvo a salir a hurtadillas de mi habitación y me escondo tras la puerta del salón de casa. La vieja tele de tubo de mis padres (moderna por aquel entonces) me embelesa una vez más, y me obliga a mirar aquella opening que después me haría tener pesadillas, y que con los años me llevaría a idealizar un programa de televisión del cual hoy día sigo enamorado. Como cada lunes, los agentes Mulder y Scully resuelven casos de lo más paranormal, mientras yo duermo, o lo intento. Como cada lunes, Telecinco emite un nuevo capítulo de X-Files. Como cada lunes, consigo cerrar los ojos, deseando ser mayor para no volver a tener miedo nunca más.

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A medias…

Miércoles, día del espectador. Magical girl ha llegado a la ciudad. ¡Por fin! Tres amigos y entradas a buen precio. Un poco de tapeo antes de entrar. El plan perfecto. Se apagan las luces y José Sacristán eclipsa la pantalla. Que bien. Llevaba meses esperando ver esta película. Cuarenta minutos parecen ser suficientes para ponernos en situación. Somos testigos del primer giro de guion. Ahora empieza lo mejor. Espera, me vibra el móvil…

– FLASHFORWARD –

Mis dedos se deslizan a ciegas a través de un mueble de oficina. Por fin consigo alcanzar el router. Lo reinicio. Todo vuelve a la normalidad. Imagino que José Sacristán continúa engatusando el público con su chorro de voz. El caso es que no estoy ahí para verlo. He tenido que salir del cine para resolver una emergencia a la oficina. Dejar una película a medias no es algo que me entusiasme demasiado, pero el deber de es el deber, y hay que cumplir. De todos modos, solamente es una película. Y cómo probablemente el segundo largometraje de Carlos Vermut seguirá ahí mañana, decido quedarme un rato más en mi puesto de trabajo, por si las moscas. Pongo en marcha un ordenador y trasteo por Internet mientras silbo una canción. Me encanta silbar. Durante un momento se me pasa por la cabeza el irme a casa. Hace sólo media hora estaba en una sala de cine. ¿Y si vuelvo? Qué tontería, la trama ya ha despegado, y sin mí. Un sudor frío invade mi cuerpo. Empiezo a encontrarme mal. Retomar ahora la película sería una idiotez; sin embargo, siento la necesidad de hacerlo. “Si no la veo acabar, esta noche no duermo”, me digo a mí mismo. Estoy angustiado y tengo ganas de llorar. Ya os dije que era un tipo extraño. Cojo el abrigo y salgo disparado con cara de drama. Entro a la sala casi a regañadientes y me dejo caer a la butaca pensando en mi próximo ritual de autoflagelación. ¿Qué hago aquí?  Esto tiene que verse del tirón. No creo que al señor Vermut le haga mucha gracia que alguien trate así al fruto de su esfuerzo, aunque dudo que ahora mismo le interese demasiado mi opinión. Así que cierro la boca (que no, porque todo iba por dentro) e intento recuperar la historia. José Sacristán de nuevo en pantalla. Parece que los años han pasado para el personaje que interpreta.

– FLASHFORWARD –

Nunca más…

Clásicos televisivos en la época del VHS

Recuerdo una época en la que la calidad de un televisor se medía por su grosor, en la que mi conocimiento seriéfilo no pasaba de Farmacia de Guardia y The Simpsons (solamente tenía siete años) y en la que Internet era de color verde y solamente sabíamos de él gracias al cine. También recuerdo una serie a la que tenía especial afecto, que descubrí por casualidad con la emisión de su episodio piloto en TVE, y que logró engancharme como no había hecho ninguna antes. Su nombre era Sliders (Salto al infinito, 1995). Una producción de ciencia-ficción en la que un estudiante de física, Quinn Malory, crea una máquina capaz de abrir vórtices a universos paralelos. Un “inesperado” giro de guion acaba llevando al elenco principal a vagar de dimensión en dimensión, mientras tratan de encontrar el camino de vuelta a su verdadero hogar. A pesar de perder en encanto en sus últimos días, la serie logró aguantar en antena durante cinco temporadas, regalándonos momentos maravillosos y altas dosis de entretenimiento. ¿Para cuándo un remake?

Ritual de reposición

Aunque encuentre absolutamente innecesario que varios estudios lo demuestren, así se empeñan en hacerlo. Debíamos estar seguros, el ser humano es animal de costumbres. Y yo soy humano, así que no me libro. Hoy he vuelto a ver Matrix por enésima vez. No me cansa, ¿Cómo iba a hacerlo? La amo. A ella y a muchas otras. La poligamia es algo que me va, al menos cinéfilamente hablando.

Ya ha llovido desde que el verano nos dejó, aunque haya días en los que el clima se empeñe en ponernos pegas para olvidarlo. El frio ya está aquí, y con el mi clásica maratón de la versión extendida de The Lord of the Rings. La única forma de lograr que las palabras sofá, colacao y orco cobren sentido juntas. Después vendrán las tres de Back to the Future. Y finalmente recibiré el año con un nuevo visionado de Star Wars, siempre en el orden de estreno, la alternativa es delito. Todavía guardo una copia del Espisodio IV en VHS. Aquellos sables laser churruteros son toda una delicia nostálgica (estoy enfermo, me encanta). Y aun no se acaba, con esto solo abro la veda a mi “Temporada 2015 de reposiciones molonas”. Donnie Darko, Memento, Forrest Gump, Twin Peaks, X-Files, Primer o Collateral son solo algunos de los títulos que nunca fallan.

Sé que ya hace tiempo que usted también obvia esa desacertada asociación entre las palabras reposición y caduco. Sé que en una de las estanterías de su casa guarda orgulloso varios títulos, que le sacarían una sonrisa aun en el día de su primera revisión de próstata. Ambos sabemos que la vida es corta, y por eso queremos aprovecharla viendo lo mismo una y otra vez.

Llegar virgen es mejor

No es ningún secreto que cuanto menos sepamos de una película antes de ir a verla, más probabilidades habrá de que nos sorprenda. Me gusta pensar que la trama es un caramelo que debemos desenvolver muy poco a poco, y saborearlo cuidadosamente para ir descubriendo su sabor a medida que se deshace en nuestro paladar cognitivo.

El caso es que tengo un problema, además de amante del séptimo arte también me considero un cagaprisas… Comprendo, acepto y defiendo que antes de entrar a una sala, cuanto menos sepa mejor.  Sin embargo, me pirran los trailers, los avances, teasers, posters, reviews… Odio y venero el marketing a partes iguales. Y estoy seguro de que no soy el único, es más, me jugaría algo a que ya somos mayoría.

La cruda realidad es que sin tráiler no hay público, y si no hay público no hay película. Eso sí, habría que hablar con el Sr. Hollywood y pedirle que por favor deje de incluir planos de escenas finales en sus avances. No importa, iré a verla igualmente.

Esta semana he estado yendo y viniendo del Festival de Sitges, lugar de encuentro de los fans del fantástico y el gore, y ¿por qué no?, de todos los amantes del cine. Aquí he tenido la oportunidad de visionar producciones de las que no había oído hablar nunca. Por supuesto ya venía con mi listita de propuestas por las que mataría con tal de ver antes que nadie, sin embargo el festival también deja tiempo al tun tun y al azar… ¡Eh! ¿Has visto que ponen una de unos enanos que hablan por telequinesis y que rodaron sin guión? – ¿Qué me dices?, suena a peliculón… ¡vamos a verla! Al final fue la única a la que el público abucheó. Aun así, aquella proyección me pareció toda una experiencia. Nunca verás una película como en una sala del Festival de Sitges, el mejor público se junta aquí una vez al año para hacer justicia a la palabra amor. Amor por el cine.

Ya sé que andamos justos de dinero, pero oye, todas las semanas hay un día del espectador. Sé que sigue siendo caro, pero bueno, un día es un día. Vamos a hacer una cosa, abre el periódico de hoy, no hace falta que te acerques a comprar uno, el del bar de la esquina bastará. Abre la página con la cartelera de tu ciudad. Cierra los ojos y deja que tu dedo juegue al azar. Da igual la sala o la película, con un poco de suerte no saldremos del barrio, y si no,  un poco de turismo nunca viene mal. Puede que esté de enhorabuena, tal vez hoy sea el día en el que decidió ir a ver una película que en realidad nunca decidió ir a ver, y aun así admitió haberla disfrutado.

Vivir juntos, morir solos

Hace unas semanas Lost hacía diez años, diez años desde que aquel avión se entretallara en una isla insólita, provocando que a más de uno le estallara la cabeza de impaciencia a golpe de cliffhanger. Su final dejó mal sabor de boda a más de uno, servidor incluido, y convirtió a sus showrunners en dos de los tipos más odiados de internet. Sin embargo, ninguno de nosotros podíamos quitarnos de la cabeza aquella maravilla, que semana tras semana, nutría nuestra vena seriéfila y transportaba nuestro sentido de la curiosidad hasta lugares insospechados. Lost significaba vivir enganchado a una barra de porcentaje de descarga. Lost te convertía en todo un experto en el tema de cuadrar subtítulos. Lost era repetir al unísono, junto con tu madre “PRIVIUSLI, ON LOST”. Lost era y será, en definitiva, la serie que consiguió convertirnos a todos en seriéfilos, que nos va hacer vivir, juntos, una de las mejores y más fascinantes experiencias de la televisión. Lost nunca morirá, y menos sola.

¿Son las reposiciones el futuro de las salas de cine?

La gente ya no va al cine. No paro de oírlo, al final será verdad… Decido cambiar mi plan de esta noche, llamo a un amigo y nos acercamos a una de las salas de nuestra ciudad. Tras unos minutos de intensa disputa, nos decidimos por una producción nacional. Entramos en la sala. Ni un alma… Me siento en la butaca que marca mi entrada. No puedo evitar fijarme en que la parte posterior de la sala está separada del resto por una banda de plástico amarillo. Me fijo mejor, no hay techo. Luego pienso: ¿Hace cuánto no venía a este cine…?

“Desolación en las salas” debería ser el título de este artículo si se adaptara para la gran pantalla. Aunque de poco importaría, porque probablemente acabaríamos viéndolo a través de internet. No es lo mismo, creo que la mayoría coincidiremos en ello, sin embargo cada vez nos vamos acostumbrando más a ver cine en nuestros ordenadores. Y lo que es peor, ¡MAL! Ya que haces algo malo, al menos hazlo bien… ¿no?

La gente sigue queriendo ir al cine y sin embargo no lo hace. La razón, por supuesto, al menos una de las que mayor peso tiene, es el dinero. Durante los últimos diez años, el precio de la entrada de cine ha experimentado un incremento de casi el doble de su valor inicial. Además, la subida del IVA en 2013 provocó el cierre de más de 1000 pantallas. Y aunque iniciativas como la Fiesta del Cine continúan demostrando que el amor al séptimo arte sigue ahí, su temporalidad no da tregua a las pequeñas salas, muchas de las cuales, bien sea por falta de público o porque no se han sabido reinventar, acaban colgando el cartel de cerrado.

Todavía no he hablado de las reposiciones. No hace mucho, echando un ojeada a la cartelera de un diario, me sorprendió encontrar Un final made in Hollywood, de Woody Allen, entre la oferta de las multisalas de mi barrio. Por supuesto, pensé que era un error… ¿Cómo podía ser? Sin embargo, ese mismo día, pude verla en aquel cine. Eso sí, a precio de estreno. La sorpresa me llegaba esta semana con la reapertura de los antiguos cines Texas, del Barri de Gràcia en Barcelona. Cines que se reinventan como salas de reestreno a tres euros la entrada, y en las que podremos ver películas en versión original, subtituladas únicamente en catalán. Además de matinales para los más pequeños, y descuentos para mayores y jóvenes menores de 18 años.

No se alarmen, poco a poco podremos ir volviendo a las salas, o al menos hacerlo con una mayor frecuencia.